Cuando empiezo a dudar
De la duda que hace tambalear el suelo bajo los pies
Suele comenzar de manera casi imperceptible.
Con un momento de vacilación. Con el instante en que algo que hasta entonces parecía evidente deja de serlo. La persona se da cuenta de que ya no está segura de lo que ve, de lo que siente, de lo que piensa. De que sus reacciones ya no le ofrecen un punto de apoyo. De que el mundo —aunque se vea igual— ha perdido de algún modo su peso.
Aparece una pregunta que duele más que cualquier síntoma concreto:
«¿Y si ya no puedo confiar en la manera en que experimento la realidad?»
Esto no es todavía una pérdida de contacto con lo real. No es locura. Es el momento en que se resquebraja algo muy delicado y, al mismo tiempo, fundamental: la confianza en las propias capacidades cognitivas. La confianza en que lo que vivo tiene derecho a ser un punto de referencia. En que puedo apoyarme en mí mismo.
En terapia, encuentro personas que dicen:
«Sé que siento algo, pero no sé si es real».
«Veo lo que ocurre, pero no sé si lo interpreto bien».
«Tengo la sensación de que algo no está bien, pero no sé si es el mundo o soy yo».
Es un estado de profunda soledad. Porque si no puedo confiar en mí, ¿en quién puedo confiar? Y si no puedo confiar en mi propia experiencia, ¿sobre qué puedo sostener mis decisiones, mis relaciones, mi vida?
Este momento puede ser tan intenso que aparece el miedo:
«¿Sigo siendo normal?»
«¿Estoy perdiendo la razón?»
Y aquí quiero decir algo con toda claridad: esta experiencia no es en sí misma una patología. Es una experiencia límite. Un momento en el que el orden de sentido que sostenía la vida deja de funcionar.
La filosofía conoce este momento desde hace siglos.
Cuando Descartes inicia su reflexión, no lo hace desde la posición de un sabio sereno. Hace algo radical: corta sistemáticamente todo aquello en lo que se había apoyado hasta entonces. Empieza a dudar de los sentidos, de la memoria, de las convicciones, de las evidencias. Duda de que el mundo sea tal como parece. Duda de que sus pensamientos tengan alguna garantía de verdad.
Pero conviene ver qué es realmente esa duda.
Descartes no duda para hundirse.
Duda porque busca un punto que resista a la duda.
Esta diferencia es esencial.
En terapia, este momento tiene un aspecto muy parecido. La persona deja de confiar en sus reacciones automáticas. Deja de creer en los relatos que hasta ahora la guiaban. Empieza a cuestionar sus propias interpretaciones. Y muy a menudo vive esto como una catástrofe.
Cuando en realidad es —paradójicamente— el comienzo de un orden.
Descartes nos muestra algo de enorme valor terapéutico: que la duda no tiene por qué ser el final, puede convertirse en un método. Pero con una condición fundamental: no quedarse solo dentro de esa duda.
En filosofía, Descartes dialoga consigo mismo. En terapia, ese papel lo desempeña la relación. El terapeuta no dice: «Lo que sientes es verdadero», ni tampoco: «Lo que sientes es falso». Dice más bien:
«Detengámonos. Veamos, paso a paso, qué es lo que realmente está ocurriendo».
Es un proceso muy lento. Recuperar el contacto con la realidad no sucede a través de una iluminación repentina. Sucede mediante la reconstrucción gradual de la confianza en la propia experiencia, pieza por pieza.
Descartes encuentra su punto de apoyo en una sola frase: cogito, ergo sum.
No porque resuelva todos los problemas, sino porque es mínima e indudable. «Pienso —luego existo». Incluso si me equivoco, incluso si dudo, incluso si todo lo demás se derrumba, el hecho mismo de dudar significa que existo.
En terapia, este momento es menos solemne, pero no menos profundo. Es el instante en que una persona empieza a decir:
«Tal vez todavía no sé qué es verdad.
Pero sé que estoy viviendo algo.
Y esa experiencia merece atención».
Eso basta para empezar.
Desde ese punto mínimo comienza el regreso. No a la antigua certeza —esa ya no existe y no volverá— sino a una confianza suficiente para volver a vivir, elegir, entrar en relación.
Descartes nos enseña también algo más, muy importante desde el punto de vista terapéutico: que no es necesario recuperarlo todo de una vez. Que el conocimiento es un proceso. Que el orden del mundo no regresa en un instante. Que se puede avanzar despacio, comprobando cada paso.
La terapia hace exactamente lo mismo. Enseña a distinguir la experiencia de la interpretación, las emociones de los hechos, los pensamientos de la realidad. No para congelarlo todo en separaciones rígidas, sino para recuperar la orientación.
Si estás en un lugar en el que ya no confías en ti, quiero que escuches esto con claridad: no estás roto. No has ido «demasiado lejos». Estás en un punto en el que las respuestas antiguas han dejado de funcionar y las nuevas aún no se han formado.
Es un lugar muy difícil. Y profundamente humano.
Tanto la filosofía como la terapia no prometen un alivio rápido. Prometen otra cosa: acompañamiento en un camino en el que, paso a paso, se recupera el suelo bajo los pies. No un suelo absoluto. Un suelo suficiente.
A veces, la primera señal de que algo empieza a ordenarse es una lágrima. Porque alguien por fin ha dicho en voz alta aquello que tú llevabas en silencio.
Si lees este texto y piensas: «Esto habla de mí», significa que ya no estás solo en ello.
Y a partir de ese momento, el regreso se vuelve realmente posible.
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